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Libros y más libros ... (ila-latina 31) El Apocalipsis de los tocadores de calipso por David Hernandez El de Walter Lingán, escritor peruano residente en Alemania desde hace más de quince años, bien puede ubicarse en una lista de nombres fantasmas de escritores peruanos, y también latinoamericanos, dispersos por el mundo, por Europa, por Alemania. Algunos ejemplos serían sus compatriotas Alfredo Pita y Mario Wong en París, Alfredo Bryce Echenique entre Lima y Madrid, Julio Mendívil en Colonia, Sui-Yun en Wiesbaden, o para ser más rotundos, Mario Vargas Llosa en Londres. Se va volviendo casi ley impostergable ("nadie es profeta en su tierra") que la mayoría de escritores peruanos tengan que escribir su obra fuera de su patria, o al menos que parte de su vida transcurra en el extranjero. Sobre los pros o contras de escribir en el extranjero no tenemos nada que agregar. La única verdad, a la hora de las horas, es que el escritor produzca algo bueno, de calidad, ya sea en la más perdida aldea de su patria o en el más cosmopolita café de Montmartre. El exilio o el insilio son cuestiones secundarias en la literatura. Así, Walter Lingán es lo que podríamos llamar un escritor del exilio si usáramos cánones profesorales. Su obra ha sido producida en su totalidad fuera del Perú: El lado oscuro de Magdalena (novela, 1996) y Por un puñadito de sal (testimonio, 1993). Este año, El "Curueño", un editor con agallas de la ciudad de los leones en España, decidió apostar por tres narradores latinoamericanos residentes en Alemania. Su editorial "Ediciones del Curueño" (edC) lanzó en la recientemente pasada Feria Mundial del Libro de Francfort del Meno los libros de estos nuevos escritores, entre ellos el libro de narrativa de Lingán: Los tocadores de la pocaelipsis, y el libro de cuentos de Julio Mendívil: La agonía del condenado. Escribo libro de narrativa porque me parece que los relatos de Lingán son verdaderos homenajes a las palabras y aunque contienen los elementos clásicos del cuento, es preferible releerlos y leerlos como simples relatos, cargados de una prosa poética que contagia los sentidos y de una ironía fina (como la flor de la canela) que acaparan la atención del lector. En Walter Lingán el cuento por el cuento no funciona. El lector queda atrapado por la verdadera fiesta de la palabra que constituye cada uno de sus relatos. Aunque independientemente puedan considerarse, ¡además!, cuentos. Bien por Lingán en este aspecto. Su prosa es fluida, su facilidad para exorcizar los demonios internos que lo atormentan a través de la literatura (o litera-hartura) es formidable. Aunque a veces cierta desidia en el trato temático, cierto forzamiento de situaciones, ganen la partida en dos o tres de los relatos que constituyen este volumen publicado por Ediciones del Curueño. Aunque ya sabemos que las esquelas y los epítetos son posteriores a la creación artística, veo en los relatos de Lingán elementos suficientes para ubicarlo en una corriente cercana al dirty realism en su versión latinoamericana. Su prosa tiene odio contra todos, pero rezuma amor por los cuatro costados. Es hiriente, es jodedora, es cabrona e incluso insulta, sin embargo, una pizca de ironía bien puesta, la salva de ir a parar al cajón de la basura. Y es que el realismo sucio se alimenta de eso: de las costras, los miasmas y la misma mierda de la sociedad de consumo. Y Lingán, latinoamericano de una perdida aldea de Cajamarca y residente en una de las ciudades del Imperio, Colonia, sabe darle el toque de maestría a su prosa para guardar la sobriedad de la literatura. No es el desenfado por el desenfado ni la protesta del niño disconforme. Sus relatos guardan distancia, están bien elaborados. Lo cual habla mucho de la disciplina del escritor, que, a fuerza de comas, puntos y comas, palos y zanahorias, aún tiene mucho camino por delante. Veamos como ejemplo este párrafo de su cuento Era un panal de rica miel: "...Por eso hay que morir de gozo en esta vida y si después San Pedro nos niega la entrada al cielo, ya no importa. ¿Conoces la historia del pelao ese más pendejo que Jaimito? Dicen que el pelao murió y se fue al cielo. Después de un par de meses de puro rezo, paz, silencio y la güevonada esa de la castidad, sintió curiosidad por conocer el infierno. Pidió una audiencia a Dios y le planteó el asunto, quien como siempre no se hizo el del culo estrecho y le dijo que cuando quisiera le podía sacar una visa para ir al infierno. Sin tanto trámite, o sea, pucha, más fácil que salir de Cuba para Miami, le sellaron su salida rumbo al infierno... El mismo diablo lo recibió y le mostró el vacilón: puteríos con mujeres más chéveres que en los sex-shops, salsódromos y tragos hasta decir basta, o sea, pues, la vida entera ahí en el averno. Entonces, sin querer queriendo, le pidió al Diablo la posibilidad de poder quedarse a vivir, porque la estadía en el cielo era más aburrida que en Alemania después del carnaval... Regresó al cielo y sin esperar un minuto pidió una visa de residencia en el infierno... Apenas llegó al averno lo encadenaron, lo torturaron, lo violaron y lo metieron en las calderas de Pero Botero... Se quejó ante el Jefe Supremo del infierno de todas las maldades a que lo habían sometido sus súbditos... Ah, le dijo el Diablo, una cosa es el turismo y otra la migración." (Pág. 24-25) Los relatos cortos que están en el libro guardan una sobriedad tal, que bien pueden figurar desde ya en cualquier antología del cuento breve. Veamos esta pequeña joya que cierra el libro: Los sueños de un pez: "El pez soñó con una laguna de aguas azulverdosas. La laguna, desde su altura, vigilaba la vida de la ciudad que se erigía bajo unos cerros de crestas coloradas. Si el pez se movía, la laguna se rebalsaba, volcaba los cerros y la ciudad desaparecía. Al despertar, el pez tuvo miedo de moverse, entonces siguió durmiendo." (Pág. 168-169). A cualquier conocedor del cuento breve universal le viene de inmediato a la memoria al leer este relato de Lingán, el brevísimo cuento de Augusto "Tito" Monterroso: "Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba ahí." El pez de Lingán prefiere sin embargo seguir durmiendo. Es válido entonces proclamar que la
función de la literatura estriba precisamente en eso: seguir durmiendo para despertar los
monstruos de la fantasía y la ilusión, sin dejar de tener los pies sobre la tierra, las
aletas sobre las aguas de la laguna o las patas sobre el pantano del pleistoceno. Con
sobrada razón apunta El Curueño en la contraportada de Los tocadores de la
pocaelipsis: "Es peligroso asomarse a este volumen de relatos. Por él deambulan
los temores de Europa y las fantasías de América. Es peligroso asomarse a estas páginas
en las que Walter Lingán tantea los límites de la razón y la paranoia. Es peligroso
dejarse cautivar por la prosa de un autor llamado a ser uno de los grandes de nuestro
tiempo." Y es que la prosa-rosa de Lingán se lee y se deleita como esa música
antillana, el calipso. Se va desgranando por nuestros ojos como un eucalipto florido,
desgranando colores y sonidos más allá de la cutre realidad, más cerca del sueño y la
fantasía por Manlio Argueta Esta segunda novela de David Hernández es, en cierta forma, una historia emocional de La Cebolla Púrpura, grupo al que perteneció el autor; poetas cuya juventud coincidió con el conflicto bélico y por ello se vieron inmersos en la tormenta que nos envolvió entre 1972 y 1992. Quizás por ello apenas llegaron a publicar poemarios de provincia, en papel de pobre y tinta desteñible; pero en la novela se hacen visibles e invencibles, a pesar de todo. Sobreponiéndose a dolores propios del extrañamiento y ante el recuerdo de sus compañeros poetas muertos, Putolión es un homenaje a ellos, los que nunca llegaron a viejos y que para beneficio social seguirán siendo jóvenes. La novela habla, sustituye al silencio de las practicidades políticas que no concede espacio para saludar a los antihéroes en sus tumbas desconocidas. La memoria se graba en piedra en un canto de nostalgia y de profundo amor a la patria extrañada. Ese grupo cuya revista sólo era aceptada por alguna librería, allá por los años setenta, porque su nombre era atractivo para la sección de cocina. Putolión refuerza la saga del exilio iniciada por Hernández con Salvamuerte (UCA Editores, 1993) y que se proyecta en una tercera obra, aún inédita, Fuera de fuego, para construir un mundo narrativo. Fundador del grupo literario «La Cebolla Púrpura», Hernández escribió su primera novela una vez que inició sus estudios de doctorado en lenguas germánicas (1992). No cabe duda que en nuestro país, tan escaso de narrativa, ese corto ciclo literario es muestra de responsabilidad y disciplina; mucho más si se retoma la literatura como instrumento de cambio en la conciencia, con la "emergencia del descubridor: si yo no nombro nadie nombrará; si yo no escribo todo será olvidado; si todo es olvidado, dejaremos de ser" (Carlos Fuentes. Épica, utopía y mito en la novela hispanoamericana, México 1994, pág. 285). Pero Putolión no es sólo nostalgia que se refleja en el recuerdo de los poetas caídos en la guerra, sino también alegría compartida, triunfos y desafueros, por quienes siguen viviendo dentro del país o en el exilio; pero sobre todo, es conflicto humano inagotable. Ante esa situación la saga viene siendo un imperativo. David Hernández, uno o dos de los que quedaron vivos, tendría la misión de resucitar a los muertos. Y el novelista logró sobreponerse para cumplir con sus compañeros luego de un largo periplo de aventuras, lindando con lo maldito, en el infierno gélico de Siberia, en las quemantes arenas de Afganistán o en la bella Ucrania, todo lo cual conforma su mundo literario. Encontré a Hernández en Costa Rica, su primera diáspora, cuando era casi un adolescente; veinte años después lo descubro, casi escondido, extraviado, en los metros de París o en los trenes hacia Colonia, Bonn y Hannover. Ello, antes de escribir Salvamuerte y recién salido de una crisis existencial que lo había acercado a la autoinmolación. En una de esas oportunidades preparaba sus maletas para dirigirse a Egipto a sembrar naranjas en el desierto. Lo convencí de que se olvidara de la agronomía porque él era poeta: «agrónomos hay muchos, los poetas somos el gremio más raquítico y el más pobre, tenés que ayudar a enriquecerlo.» Pero el racionalismo europeo hacía difícil ese recambio de ingeniero agrónomo a estudiante de letras. «Van a decir que estoy loco», me dijo. «No importa», le respondí, «también los alemanes han tenido sus poetas muertos y sus poetas locos, van a entenderte.» Sin embargo, David no llevó el drama personal del exilio a la extensión de su poesía, sino a descubrir la novela, género en el que ha comenzado a echar raíces profundas: erotismo y sexo, pasión glandular, expresado con palabras directas, en lo cual se realiza el camino en espiral hacia un romanticismo de la postmodernidad. Pero sobre todo hay amor, angustia, frente al país que se quiere recuperar, a través de la propia recuperación literaria. Está confirmado que la novela es también poesía y seguirá siendo el medio para rescatar, con el auxilio de la imaginación, los acontecimientos trascendentales. Esto vale en especial para nuestro país que no termina de perfilar sus límites y donde los escritores deben jugar el papel de historiadores o cronistas testimoniales ante los vacíos que hay en otras áreas del pensamiento. ¿Acaso no fue el poeta Roque Dalton quién rescató la memoria del 32 antes que se la hubiera llevado a la tumba Miguel Mármol? La faena no es fácil en estos tiempos de avalancha pragmatista, de globalización económica y absorción de la cultura propia por una cultura electrónica universal. En Putolión vemos pasar por nuestros ojos esa generación de poetas que David Hernández plantea como personajes: Jaime Suárez, Rigoberto Góngora los principales; Mauricio Vallejo, Nelson Brizuela, Chema Cuéllar, Alfonso Hernández, Chito Silis; el abuelo de ellos: César Masís, muertos en el vórtice de una realidad trágica; y otros que permanecen en el exilio de la desilusión o el sueño, ya sea dentro o fuera del país: Francisco Rivera, Morasán, Manuel Luna, Jobal Arrozales, Calderón, R. Menjívar O., M. Bencastro, Santana, Quijada Urías, los Armijo. Y también aquellos que como agujas se encubren en el pajar caótico de la patria: Castro Rivas, Iraheta Santos, Uriel Valencia, Santana, Masís el joven, Mendoza, medio vivos y medio muertos, como dice el poeta Dalton. Y también los otros artistas que se unen a esa generación maldita de la guerra, solitarios unos, apasionados todos, aquí y allá, pero sin dejar de representar la lucidez de El Salvador; algunos con más suerte que otros: los Crespines, Meme Sortoel cineasta que sueña, Bonilla, Dago el escultor, Chico Aragón el periodista, la diva Gilda Lewin, el ceramista Carlos Mejía, Eduardo Valenzuela, Roger Lindo, Villafuerte, Chamba Juárez, Norman Douglas «hijo secreto de Kirk Douglas», William Armijo, cantante en los subterráneos de París y doctor en teatro: todos con una locura cercana a Rimbaud, a Miller, a Genet, a Bukowski, a Orlando Fresedo, al Pipo Escobar Velado, al viejito Gavidia en joven. Son el vivo retrato del conflicto. Inmersos en historia desesperada del oficio, donde prevalece como punto de referencia y salvación la unidad generacional. Tratan de resucitar lo insalvable de la patria o lo rescatable del naufragio, aunque sea en sueños, como Sorto; o pretendiendo alzarla de los escombros, aún a costa de la autoinmolación, como Fresedo. Así transcurre la vida de los jóvenes entre humo de cigarrillos, cuchilladas, putas, cafetines sucios, hongos alucinantes, LSD y el «guaro» genocida; para mitigar la amargura existencial en una patria que trata de salir del laberinto. La historia novelada de la generación del setenta tiene su enlace con la historia poética de los jóvenes del noventa. Y, ¿por qué no decirlo?, con los del 56, sensibilidad más, pesadilla menos, los jóvenes de siempre han tenido la palabra cuando el silencio comienza a mutilar. No hay pretextos para permanecer callados, si queremos que subsista la sensibilidad creativa, especialmente cuando el vórtice sigue siendo tan huracanado como siempre. Nunca hemos sido ángeles, pero tampoco satánicos. El escritor debe ser caja de resonancia o no es nada, no importa que su imagen sea invisible, como esos personajes de Putolión. Nos enseñaron a respetar a los héroes vivos sin reparar que sólo puede haber héroes muertos porque así no pueden reconvertirse en seres asediados por la degeneración social. Para la obra de Hernández, los poetas son los antihéroes. La intención clara es resucitar al grupo generacional «La Cebolla Púrpura», «La Masacuata» y otros, como antes ya hiciera para diferente período la novela Pobrecito poeta que era yo..., de Roque Dalton. Entre la generación de la década del cincuenta y la de los setenta, la historia sigue siendo la misma. Una especie de virus africano que corroe por dentro y hace desintegrar los huesos y la carne: el antivirus es la poesía. Poco hemos avanzado, pero la literatura sigue adelante. Los escritores deben mantenerse desde sus guaridas de hombres lobos con el ojo en la mira de la realidad nacional. "Nuestra fidelidad al lenguaje en suma, implica fidelidad a nuestro pueblo y fidelidad a una traición que no es nuestra totalmente sino por un acto de violencia intelectual" (Octavio Paz. El laberinto de la soledad, México 1994, pág. 178). Y Hernández reafirma su idea novelística
diciendo que los poetas no imaginaban que el destino del azar y la historia en
aquellos «años de sed y sombras», si es que existen y coinciden, los pondrían a
las puertas de la vida y de la muerte: «Todo era pobreza, lluvia y austeridad. Pero a
pesar de todo éramos felices y existíamos. Los sueños estaban en embrión y comenzaban
a gestarse en medio de aquella atmósfera que presagiaba malos tiempos.» Aunque ese
pasado sea un eterno presente y un impredecible futuro para los jóvenes que deben escoger
entre la muerte en vida camino abierto y la creatividad vía
cerrada: pero que puede abrirse siendo fiel al lenguaje, como dice Paz; a la
poesía, que no sólo está hecha de palabras, según Dalton. Como se expresa en Putolión. |