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Ponete un saquito, nena
Sobre otoño y la Feria del Libro
por Esther Andradi
(ila-latina 31)
I

Mamá nunca me permitió salir de casa sin un abrigo. "Por las dudas". Un "saquito" como se decía cuando yo era niña, le parecía suficiente para contrarrestar el frío de las afueras, la neblina, la oscuridad de la noche y las incontinencias climáticas. La intemperie, al fin, es algo que aprendí a despejar cuidando el cuerpo. En la Feria del libro de Francfort, o mais grande mercado do Livro, que tiene lugar anualmente en la ciudad alemana a orillas del Meno en octubre, en pleno otoño, acudí este año por primera vez en mi condición de escritora y ya no bajo el cálido abrigo del periodismo que me había protegido durante otras visitas. El pabellón de Escritores Iberoamericanos residentes en Alemania, ubicado en la sección Internacional, era mi lugar de referencia. Mi punto de encuentro y la casa de mis libros, según confirmé después. Rescaté para la ocasión un recuerdo de familia que cubrió de inclemencias otoñales a la abuela Teresa en la década del 50, cuando ella era una señora con apenas unos años más que los que yo tengo ahora. Es decir, una respetable Teresa. Un saco negro, ribetes de terciopelo en el cuello y los puños, y botones dorados. Sobrio como el lenguaje que prefiero. Mi tradición y mi origen. La única vanguardia acaso la constituyan sus botones, que incorporé al reciclarlo.

II

Afuera sopla el otoño y microbuses especiales trasladan a los visitantes por este predio ferial que se extiende a lo largo y a lo ancho de varias manzanas. Pero en las sucesivas salas donde se despliegan los libros en una superficie de casi doscientos mil metros cuadrados, hace calor. Estamos en los interiores de un edificio generoso en vidrio que suspende buena parte de su esqueleto de acero por encima de una autopista, y cuando asciendo por la escalera mecánica veo pasar los autos por debajo de mis piernas. Pero esto no es un aeropuerto ni vamos a despegar. Son nueve las enormes salas donde los editores exhiben los libros según sus categorías –internacional, infantil y juvenil, ciencia y técnica, libro de arte, educativo, turístico y cartografía, religioso, y editoriales en general. Nueve, como el número mágico de los mapuches. La sala número diez, en efecto, se reparte este año entre prensa y agentes literarios, separados por una alfombra de color rojo vino, varias columnas con sus respectivas plantas de interiores y un restaurante en el medio. Con la presencia de varios miles de periodistas de todo el mundo, no hay ninguna duda que la Feria de Francfort es el evento internacional por excelencia del mercado del libro.

III

Pero aquí los libros no se venden al público: se venden los derechos de los libros a ser reeditados, retransmitidos, reproducidos, traducidos. Por eso los agentes literarios son los verdaderos faraones de esta feria. El salón que les corresponde está por lo tanto flanqueado y cerrado crípticamente a visitantes desprevenidos mientras un par de esfinges ofrecen la información de cuántos son y quiénes, pero están ocupados. En la entrada al recinto dos o tres funcionarios, verdaderos mastines, con credenciales hasta los dientes convencen a cualquiera que ponga en duda la negativa.

En la Feria de Francfort se venden los royalties de los libros –los más caros, emulando el poema, aún no han sido escritos– que van a irrumpir en las próximas semanas en el mercado internacional. Aquí se decide qué se va a leer, quién será el dueño/a de la fama y los millones en los próximos meses. Los autores exitosos ya no mueren de tuberculosis como en el siglo pasado. Sólo los destruye un golpe de malas ventas.

Y como en la Feria se decide qué se va a leer, al mismo tiempo se condena a otros tantos miles de títulos a la guillotina. Porque aquello que no se venda, –sean libros, tomates o misiles– en este mundo de la oferta y la demanda se destruye. En la Feria del Libro de Francfort se presentaron un total de 385.275 títulos y unas ochenta mil novedades: ¿Cuántos de ellos lograrán sobrevivir el paso al nuevo milenio?

IV

En otras épocas no demasiado lejanas la censura política y/o religiosa regulaba el comercio de los libros. Sustraía ejemplares de las librerías. Los incautaba. Los quemaba. Los destruía. Hoy por hoy, el mercado impone sus leyes: Un libro comienza su relación con el público mucho antes de estar a la venta. Los periodistas escriben sobre el autor. La televisión lo entrevista. Se organizan lecturas públicas donde se dan a conocer fragmentos del libro, algunos elegidos reciben el producto regalado con la condición que se lo promocione. Después aparecerá en librerías. Por una, dos, a veces hasta cuatro semanas se mantendrá en las mesas de "novedades", pero si con toda esta campaña no llegara a venderse la cantidad necesaria, el buen o mal "producto" irá a parar a algún anaquel donde lo espera un destino terminal: la ley del mercado lo reciclará como papel viejo, lo guillotinará, lo retirará de las librerías. Así hoy en día se multiplican las editoriales que sólo imprimen libros a pedido.

V

David Hernández, escritor salvadoreño que sobrevivió diferentes censuras también está en esta Feria, con su novela "Putolión" cuya primera edición fue retirada de las librerías de su país apenas aparecida, y que acaba de ser reeditada en España. David nació en El Salvador, formó parte de la generación de escritores del 70, reunidos en el grupo literario "La cebolla púrpura", algo que a muchos de sus miembros les costó la vida y a otros el exilio. David huyó. Primero a Costa Rica, después a México, después a Rusia, y ahora vive en Hannover, donde sigue escribiendo. Del libro de este fugitivo extraigo, transcribo y hago propia la subversión impresa en su primera página:

"Advertencia legal:

De acuerdo con las leyes de libertad de la propiedad intelectual, esta publicación no puede ser quemada, guillotinada, mutilada, vapuleada, escupida, censurada, secuestrada o de cualquier otro modo destruida sin autorización expresa del editor y del autor, o al menos, sin haber abonado su importe al librero. Toda vulneración de estas cláusulas será perseguida personalmente por el autor con todos los medios dentro y fuera de la ley."

David Hernández, y los escritores peruanos Walter Lingán y Julio Mendívil, fueron los gestores de este pabellón de la ila-latina para los autores iberoamericanos que viven en el mundo alemán, y hasta ahí llegamos provenientes de Munich, de Francfort, de Münster, de Colonia, de Zurich, de Gottinga, de Wiesbaden, de Berlín, sentando precedente y pertenencia al lenguaje y a los libros. Nosotros, como Günter Grass y José Saramago y Toni Morrison y Wole Soyinka entre los grandes que también estuvieron en la Feria. Nosotros y las palabras.

VI

Si Occidente encontró en China el refugio para producir objetos de consumo de valor dudoso, de eficacia efímera a bajo costo y jugosas ganancias en lo inmediato, el mercado insiste en aplicar este modelo con los libros: Poca inversión, riesgo cero y millones de rendimiento. Historias linealmente contadas. Nada de experimentación ni densidad poética, escribid más, pensad menos, sed livianos e indulgentes, parecen soplar los nuevos vientos. ¿Cuál será el límite para el rasero? ¿Cuándo Corín Tellado se venda como literatura feminista? ¿Cuándo dejará de ser necesario más de lo mismo?

VII

"Es para mí un misterio que libros interesantes como los de Schopenhauer (¡y los míos!) no encuentren lectores... Se extrañaba hace unos años con su humor a toda prueba Witold Grombowicz, el genial escritor polaco. Pese al mercado, el rigor de sus leyes y fusiones editoriales el misterio permanece: con toda la batería de mass media a su favor habrá libros que no se vendan mientras cenicientas que nacieron para la guillotina inesperadamente repunten... Y aunque cada vez dependa menos del azar, la literatura de la buena, con su diversidad y su riesgo sobrevive a los modelos impuestos. Conviene sin embargo ejercitar la mente, convertirse por un rato en Lektor con "k" -que así se llaman los editores en alemán- y preguntarse: ¿Quién cubriría hoy los riesgos de una novela como Rayuela? ¿Ganaría el Ulyses alguno de los millonarios concursos literarios del momento? ¿Aconsejarían los editores la eliminación de algunos capítulos de La divina comedia a fin de hacerla "más ligera"? ¿Le cerrarían la puerta en las narices a Jorge Luis Borges por diletante? ¿O le recomendarían Vuelva cuando tenga una novela? Interesante lo suyo, tendría gancho editorial, pero nuestra casa no tiene una línea de poesía, doña Safo... ¿Qué dirían los editores de hoy frente a los libros que han seducido a sucesivas generaciones de lectores?

VIII

El pabellón de autores y autoras iberoamericanas es nuestro refugio y la casa de nuestros libros. Allí nos enredamos en discusiones, hablamos de las fusiones editoriales, de los grandes intereses y ganancias ligados a la edición de libros, donde los que menos ganan son por cierto los autores, de la herencia del lenguaje a la que nos debemos, de los textos traducidos y los otros, de los personajes con quienes nos acostamos, de los hijos, tataranietos y amantes de Safo y del Ulyses y como Don Quijote que nos quiten la vida si es que hemos perdido el honor, juntos con la Maga y Talita, Pedro Páramo y Jesusa. Pero sobre todo, nos reímos. El humor nos abriga contra toda intemperie y cohesiona nuestros sueños apuntalando proyectos futuros. Entonces el saco de Teresa se va haciendo de seda, de lino, de cáñamo, de algodón, de las infinitas texturas de las historias contadas y por contar.

IX

Mi abuela se levantaba a las seis de la mañana y mientras iba y venía trabajando por toda la casa se acompañaba con la letanía de su memoria. Después, se sentaba en silencio al lado del fogón. Meditaba. Viví donde ella durante mi pubertad y mis primeros escritos datan de aquella época de soledad compartida. Versos dolidos que conocieron bien pronto el rigor del papelero. Antes de morir, mi abuela Teresa entró en una suerte de delirio hasta que saneó las cuentas entre la existencia y su alma. Ahora, en la Feria de Francfort, abrigada con su herencia, miro los autos que se deslizan por la autopista, por debajo de mis piernas. Acaricio el puño de terciopelo de mi saco y me estremezco. Amparada por los reflejos de este esqueleto de acero y vidrio, acabo de reconocer la mirada de Teresa entre los libros. Y ya no tengo frío.

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Libros y más libros ...
(ila-latina 31)

El Apocalipsis de los tocadores de calipso
por David Hernandez

El de Walter Lingán, escritor peruano residente en Alemania desde hace más de quince años, bien puede ubicarse en una lista de nombres fantasmas de escritores peruanos, y también latinoamericanos, dispersos por el mundo, por Europa, por Alemania. Algunos ejemplos serían sus compatriotas Alfredo Pita y Mario Wong en París, Alfredo Bryce Echenique entre Lima y Madrid, Julio Mendívil en Colonia, Sui-Yun en Wiesbaden, o para ser más rotundos, Mario Vargas Llosa en Londres. Se va volviendo casi ley impostergable ("nadie es profeta en su tierra") que la mayoría de escritores peruanos tengan que escribir su obra fuera de su patria, o al menos que parte de su vida transcurra en el extranjero.

Sobre los pros o contras de escribir en el extranjero no tenemos nada que agregar. La única verdad, a la hora de las horas, es que el escritor produzca algo bueno, de calidad, ya sea en la más perdida aldea de su patria o en el más cosmopolita café de Montmartre. El exilio o el insilio son cuestiones secundarias en la literatura. Así, Walter Lingán es lo que podríamos llamar un escritor del exilio si usáramos cánones profesorales. Su obra ha sido producida en su totalidad fuera del Perú: El lado oscuro de Magdalena (novela, 1996) y Por un puñadito de sal (testimonio, 1993).

Este año, El "Curueño", un editor con agallas de la ciudad de los leones en España, decidió apostar por tres narradores latinoamericanos residentes en Alemania. Su editorial "Ediciones del Curueño" (edC) lanzó en la recientemente pasada Feria Mundial del Libro de Francfort del Meno los libros de estos nuevos escritores, entre ellos el libro de narrativa de Lingán: Los tocadores de la pocaelipsis, y el libro de cuentos de Julio Mendívil: La agonía del condenado. Escribo libro de narrativa porque me parece que los relatos de Lingán son verdaderos homenajes a las palabras y aunque contienen los elementos clásicos del cuento, es preferible releerlos y leerlos como simples relatos, cargados de una prosa poética que contagia los sentidos y de una ironía fina (como la flor de la canela) que acaparan la atención del lector.

En Walter Lingán el cuento por el cuento no funciona. El lector queda atrapado por la verdadera fiesta de la palabra que constituye cada uno de sus relatos. Aunque independientemente puedan considerarse, ¡además!, cuentos. Bien por Lingán en este aspecto. Su prosa es fluida, su facilidad para exorcizar los demonios internos que lo atormentan a través de la literatura (o litera-hartura) es formidable. Aunque a veces cierta desidia en el trato temático, cierto forzamiento de situaciones, ganen la partida en dos o tres de los relatos que constituyen este volumen publicado por Ediciones del Curueño.

Aunque ya sabemos que las esquelas y los epítetos son posteriores a la creación artística, veo en los relatos de Lingán elementos suficientes para ubicarlo en una corriente cercana al dirty realism en su versión latinoamericana. Su prosa tiene odio contra todos, pero rezuma amor por los cuatro costados. Es hiriente, es jodedora, es cabrona e incluso insulta, sin embargo, una pizca de ironía bien puesta, la salva de ir a parar al cajón de la basura. Y es que el realismo sucio se alimenta de eso: de las costras, los miasmas y la misma mierda de la sociedad de consumo. Y Lingán, latinoamericano de una perdida aldea de Cajamarca y residente en una de las ciudades del Imperio, Colonia, sabe darle el toque de maestría a su prosa para guardar la sobriedad de la literatura. No es el desenfado por el desenfado ni la protesta del niño disconforme. Sus relatos guardan distancia, están bien elaborados. Lo cual habla mucho de la disciplina del escritor, que, a fuerza de comas, puntos y comas, palos y zanahorias, aún tiene mucho camino por delante. Veamos como ejemplo este párrafo de su cuento Era un panal de rica miel:

"...Por eso hay que morir de gozo en esta vida y si después San Pedro nos niega la entrada al cielo, ya no importa. ¿Conoces la historia del pelao ese más pendejo que Jaimito? Dicen que el pelao murió y se fue al cielo. Después de un par de meses de puro rezo, paz, silencio y la güevonada esa de la castidad, sintió curiosidad por conocer el infierno. Pidió una audiencia a Dios y le planteó el asunto, quien como siempre no se hizo el del culo estrecho y le dijo que cuando quisiera le podía sacar una visa para ir al infierno. Sin tanto trámite, o sea, pucha, más fácil que salir de Cuba para Miami, le sellaron su salida rumbo al infierno... El mismo diablo lo recibió y le mostró el vacilón: puteríos con mujeres más chéveres que en los sex-shops, salsódromos y tragos hasta decir basta, o sea, pues, la vida entera ahí en el averno. Entonces, sin querer queriendo, le pidió al Diablo la posibilidad de poder quedarse a vivir, porque la estadía en el cielo era más aburrida que en Alemania después del carnaval... Regresó al cielo y sin esperar un minuto pidió una visa de residencia en el infierno... Apenas llegó al averno lo encadenaron, lo torturaron, lo violaron y lo metieron en las calderas de Pero Botero... Se quejó ante el Jefe Supremo del infierno de todas las maldades a que lo habían sometido sus súbditos... Ah, le dijo el Diablo, una cosa es el turismo y otra la migración." (Pág. 24-25)

Los relatos cortos que están en el libro guardan una sobriedad tal, que bien pueden figurar desde ya en cualquier antología del cuento breve. Veamos esta pequeña joya que cierra el libro: Los sueños de un pez: "El pez soñó con una laguna de aguas azulverdosas. La laguna, desde su altura, vigilaba la vida de la ciudad que se erigía bajo unos cerros de crestas coloradas. Si el pez se movía, la laguna se rebalsaba, volcaba los cerros y la ciudad desaparecía. Al despertar, el pez tuvo miedo de moverse, entonces siguió durmiendo." (Pág. 168-169). A cualquier conocedor del cuento breve universal le viene de inmediato a la memoria al leer este relato de Lingán, el brevísimo cuento de Augusto "Tito" Monterroso: "Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba ahí." El pez de Lingán prefiere sin embargo seguir durmiendo.

Es válido entonces proclamar que la función de la literatura estriba precisamente en eso: seguir durmiendo para despertar los monstruos de la fantasía y la ilusión, sin dejar de tener los pies sobre la tierra, las aletas sobre las aguas de la laguna o las patas sobre el pantano del pleistoceno. Con sobrada razón apunta El Curueño en la contraportada de Los tocadores de la pocaelipsis: "Es peligroso asomarse a este volumen de relatos. Por él deambulan los temores de Europa y las fantasías de América. Es peligroso asomarse a estas páginas en las que Walter Lingán tantea los límites de la razón y la paranoia. Es peligroso dejarse cautivar por la prosa de un autor llamado a ser uno de los grandes de nuestro tiempo." Y es que la prosa-rosa de Lingán se lee y se deleita como esa música antillana, el calipso. Se va desgranando por nuestros ojos como un eucalipto florido, desgranando colores y sonidos más allá de la cutre realidad, más cerca del sueño y la fantasía

Los tocadores de la pocaelipsis (Cuentos) Walter Lingán, edC, León (España), 1999. 173 pág. 29,00 DM ISBN: 84-95403-02-1,

La historia emocional de La Cebolla Púrpura
por Manlio Argueta

Esta segunda novela de David Hernández es, en cierta forma, una historia emocional de La Cebolla Púrpura, grupo al que perteneció el autor; poetas cuya juventud coincidió con el conflicto bélico y por ello se vieron inmersos en la tormenta que nos envolvió entre 1972 y 1992. Quizás por ello apenas llegaron a publicar poemarios de provincia, en papel de pobre y tinta desteñible; pero en la novela se hacen visibles e invencibles, a pesar de todo. Sobreponiéndose a dolores propios del extrañamiento y ante el recuerdo de sus compañeros poetas muertos, Putolión es un homenaje a ellos, los que nunca llegaron a viejos y que para beneficio social seguirán siendo jóvenes. La novela habla, sustituye al silencio de las practicidades políticas que no concede espacio para saludar a los antihéroes en sus tumbas desconocidas. La memoria se graba en piedra en un canto de nostalgia y de profundo amor a la patria extrañada. Ese grupo cuya revista sólo era aceptada por alguna librería, allá por los años setenta, porque su nombre era atractivo para la sección de cocina.

Putolión refuerza la saga del exilio iniciada por Hernández con Salvamuerte (UCA Editores, 1993) y que se proyecta en una tercera obra, aún inédita, Fuera de fuego, para construir un mundo narrativo. Fundador del grupo literario «La Cebolla Púrpura», Hernández escribió su primera novela una vez que inició sus estudios de doctorado en lenguas germánicas (1992). No cabe duda que en nuestro país, tan escaso de narrativa, ese corto ciclo literario es muestra de responsabilidad y disciplina; mucho más si se retoma la literatura como instrumento de cambio en la conciencia, con la "emergencia del descubridor: si yo no nombro nadie nombrará; si yo no escribo todo será olvidado; si todo es olvidado, dejaremos de ser" (Carlos Fuentes. Épica, utopía y mito en la novela hispanoamericana, México 1994, pág. 285). Pero Putolión no es sólo nostalgia que se refleja en el recuerdo de los poetas caídos en la guerra, sino también alegría compartida, triunfos y desafueros, por quienes siguen viviendo dentro del país o en el exilio; pero sobre todo, es conflicto humano inagotable. Ante esa situación la saga viene siendo un imperativo. David Hernández, uno o dos de los que quedaron vivos, tendría la misión de resucitar a los muertos. Y el novelista logró sobreponerse para cumplir con sus compañeros luego de un largo periplo de aventuras, lindando con lo maldito, en el infierno gélico de Siberia, en las quemantes arenas de Afganistán o en la bella Ucrania, todo lo cual conforma su mundo literario.

Encontré a Hernández en Costa Rica, su primera diáspora, cuando era casi un adolescente; veinte años después lo descubro, casi escondido, extraviado, en los metros de París o en los trenes hacia Colonia, Bonn y Hannover. Ello, antes de escribir Salvamuerte y recién salido de una crisis existencial que lo había acercado a la autoinmolación. En una de esas oportunidades preparaba sus maletas para dirigirse a Egipto a sembrar naranjas en el desierto. Lo convencí de que se olvidara de la agronomía porque él era poeta: «agrónomos hay muchos, los poetas somos el gremio más raquítico y el más pobre, tenés que ayudar a enriquecerlo.» Pero el racionalismo europeo hacía difícil ese recambio de ingeniero agrónomo a estudiante de letras. «Van a decir que estoy loco», me dijo. «No importa», le respondí, «también los alemanes han tenido sus poetas muertos y sus poetas locos, van a entenderte.»

Sin embargo, David no llevó el drama personal del exilio a la extensión de su poesía, sino a descubrir la novela, género en el que ha comenzado a echar raíces profundas: erotismo y sexo, pasión glandular, expresado con palabras directas, en lo cual se realiza el camino en espiral hacia un romanticismo de la postmodernidad. Pero sobre todo hay amor, angustia, frente al país que se quiere recuperar, a través de la propia recuperación literaria. Está confirmado que la novela es también poesía y seguirá siendo el medio para rescatar, con el auxilio de la imaginación, los acontecimientos trascendentales. Esto vale en especial para nuestro país que no termina de perfilar sus límites y donde los escritores deben jugar el papel de historiadores o cronistas testimoniales ante los vacíos que hay en otras áreas del pensamiento. ¿Acaso no fue el poeta Roque Dalton quién rescató la memoria del 32 antes que se la hubiera llevado a la tumba Miguel Mármol? La faena no es fácil en estos tiempos de avalancha pragmatista, de globalización económica y absorción de la cultura propia por una cultura electrónica universal.

En Putolión vemos pasar por nuestros ojos esa generación de poetas que David Hernández plantea como personajes: Jaime Suárez, Rigoberto Góngora –los principales–; Mauricio Vallejo, Nelson Brizuela, Chema Cuéllar, Alfonso Hernández, Chito Silis; el abuelo de ellos: César Masís, muertos en el vórtice de una realidad trágica; y otros que permanecen en el exilio de la desilusión o el sueño, ya sea dentro o fuera del país: Francisco Rivera, Morasán, Manuel Luna, Jobal Arrozales, Calderón, R. Menjívar O., M. Bencastro, Santana, Quijada Urías, los Armijo. Y también aquellos que como agujas se encubren en el pajar caótico de la patria: Castro Rivas, Iraheta Santos, Uriel Valencia, Santana, Masís el joven, Mendoza, medio vivos y medio muertos, como dice el poeta Dalton. Y también los otros artistas que se unen a esa generación maldita de la guerra, solitarios unos, apasionados todos, aquí y allá, pero sin dejar de representar la lucidez de El Salvador; algunos con más suerte que otros: los Crespines, Meme Sortoel cineasta que sueña, Bonilla, Dago el escultor, Chico Aragón el periodista, la diva Gilda Lewin, el ceramista Carlos Mejía, Eduardo Valenzuela, Roger Lindo, Villafuerte, Chamba Juárez, Norman Douglas –«hijo secreto de Kirk Douglas»–, William Armijo, cantante en los subterráneos de París y doctor en teatro: todos con una locura cercana a Rimbaud, a Miller, a Genet, a Bukowski, a Orlando Fresedo, al Pipo Escobar Velado, al viejito Gavidia en joven. Son el vivo retrato del conflicto.

Inmersos en historia desesperada del oficio, donde prevalece como punto de referencia y salvación la unidad generacional. Tratan de resucitar lo insalvable de la patria o lo rescatable del naufragio, aunque sea en sueños, como Sorto; o pretendiendo alzarla de los escombros, aún a costa de la autoinmolación, como Fresedo. Así transcurre la vida de los jóvenes entre humo de cigarrillos, cuchilladas, putas, cafetines sucios, hongos alucinantes, LSD y el «guaro» genocida; para mitigar la amargura existencial en una patria que trata de salir del laberinto. La historia novelada de la generación del setenta tiene su enlace con la historia poética de los jóvenes del noventa. Y, ¿por qué no decirlo?, con los del 56, sensibilidad más, pesadilla menos, los jóvenes de siempre han tenido la palabra cuando el silencio comienza a mutilar. No hay pretextos para permanecer callados, si queremos que subsista la sensibilidad creativa, especialmente cuando el vórtice sigue siendo tan huracanado como siempre. Nunca hemos sido ángeles, pero tampoco satánicos. El escritor debe ser caja de resonancia o no es nada, no importa que su imagen sea invisible, como esos personajes de Putolión. Nos enseñaron a respetar a los héroes vivos sin reparar que sólo puede haber héroes muertos porque así no pueden reconvertirse en seres asediados por la degeneración social. Para la obra de Hernández, los poetas son los antihéroes.

La intención clara es resucitar al grupo generacional «La Cebolla Púrpura», «La Masacuata» y otros, como antes ya hiciera para diferente período la novela Pobrecito poeta que era yo..., de Roque Dalton. Entre la generación de la década del cincuenta y la de los setenta, la historia sigue siendo la misma. Una especie de virus africano que corroe por dentro y hace desintegrar los huesos y la carne: el antivirus es la poesía. Poco hemos avanzado, pero la literatura sigue adelante. Los escritores deben mantenerse desde sus guaridas de hombres lobos con el ojo en la mira de la realidad nacional. "Nuestra fidelidad al lenguaje en suma, implica fidelidad a nuestro pueblo y fidelidad a una traición que no es nuestra totalmente sino por un acto de violencia intelectual" (Octavio Paz. El laberinto de la soledad, México 1994, pág. 178).

Y Hernández reafirma su idea novelística diciendo que los poetas no imaginaban que el destino del azar y la historia –en aquellos «años de sed y sombras»–, si es que existen y coinciden, los pondrían a las puertas de la vida y de la muerte: «Todo era pobreza, lluvia y austeridad. Pero a pesar de todo éramos felices y existíamos. Los sueños estaban en embrión y comenzaban a gestarse en medio de aquella atmósfera que presagiaba malos tiempos.» Aunque ese pasado sea un eterno presente y un impredecible futuro para los jóvenes que deben escoger entre la muerte en vida –camino abierto– y la creatividad –vía cerrada–: pero que puede abrirse siendo fiel al lenguaje, como dice Paz; a la poesía, que no sólo está hecha de palabras, según Dalton. Como se expresa en Putolión.

Putolión
(Novela)  David Hernández edC. León, 1999. 240 pág. 22.00 DM

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