Opinión
Literatura femenina
latinoamericana contemporánea
por David Hernández
I ¿Existe una literatura femenina?
El mundo editorial de habla hispana vive,
desde hace poco más de una década, un inusitado lanzamiento de las escritoras
latinoamericanas. Este fenómeno, más que responder a una situación de desarrollo
extraordinario de la literatura escrita por mujeres, es una bien diseñada operación de
mercado de los grandes consorcios editoriales en Barcelona, México, Buenos Aires,
Francfort del Meno, París y Nueva York. Agotada la mina de oro que fue el boom de los
años sesenta-setenta que logró cimentar en un sólido pedestal a la literatura
latinoamericana contemporánea, el tema de las escritoras es un as que las casas editoras
se sacan de las mangas, en primer lugar, para que los negocios marchen bien, sacrificando
algunas veces la calidad literaria.
Una pregunta insistentemente formulada por periodistas, filólogos, estudiantes de letras,
críticos y agentes literarios -los chacales de la creación, expertos en cazar vacas
muertas- es si existe una literatura femenina.La pregunta en sí es una perogrullada, sin
embargo se ha hecho de ésta un punto central de discusión. Fomentar lo femenino en estos
tiempos políticamente correctos es muy chic y es la onda que se lleva. Al respecto es
ilustrativo el escándalo en que se vio envuelto Julio Cortázar en los setenta cuando se
refirió al lector pasivo y carente de criterio como un lector hembra. Ante la
protesta airada de grupos feministas, Cortázar tuvo que retirar su epíteto y hacerse un
hara-kiri público, disculpándose ante los grupos femenistas que pedían su cabeza, por
su lector hembra.
¿Existe una literatura femenina? Todo escritor o escritora es un ser andrógino, como la
misma esencia del ser humano y lleva en sus cromosomas lados femeninos y masculinos. Y la
creación, algo tan misterioso que no puede ser clasificado como un simple insecto, tiene
sus propias leyes que no son las de la lógica racional. Claro que existe una literatura
femenina, como existe una literatura homosexual, heterosexual, lesbiana, bisexual,
criminal, depravada, beata, angelical y hasta sádica o masoquista. El Marqués de Sade
con su Justine o Leopold Masoch con su Venus en Piel son ellos mismos escritores. La
literatura es como la misma condición humana, rica en acepciones. Si no: ¿dónde
quedarían Proust, George Sand, Colette, Lezama Lima, Joyce, Francois Villon, Virginia
Wolf, Oscar Wilde, etc., etc? En cada creador o creadora coexisten lados femeninos y
masculinos. Y no es raro que una mujer como Gertrude Stein escribiese una obra
masculina, ni que el muy macho Ernest Hemingway refleje en sus
toreros y cazadores de leones un complejo de castración que lo deja en las mismas puertas
de la literatura homosexual. Ni que En busca del tiempo perdido pueda haber sido escrito
por una mujer. O que un asesino de sacerdotes y salteador de caminos como Francois Villon
escriba los más tiernos poemas que bien podrían atribuírsele a un santo. Cada autor o
autora es un universo donde coexisten lo masculino y lo femenino, lo homosexual y lo
heterosexual, los deseos criminales como las ganas de hacer milagros que se reflejan en
sus libros dependiendo del estado de ánimo en que se encuentran consigo mismos y con sus
personajes cuando escriben su producto cultural.
II. El boom de las
escritoras latinoamericanas
La presencia de la mujer en la literatura
latinoamericana hasta hace poco más de dos décadas es relativamente escaza. Salvo
excepciones como Gabriela Mistral, Teresa de la Parra, Claudia Lars, Delmira Agustini,
Rosario Castellanos, Carmen Naranjo, Silvina Ocampo, Alfonsina Storni, Juana de
Ibarbourou, no se encuentra en la literatura continental una fuerte presencia femenina.
No es sino hasta los ochenta, cuando surge una serie de latinoamericanas que con una
personalidad muy definida a veces, otras con modelos literarios prestados a sus
coetáneos, logran consolidarse como escritoras. Ya en la década de los sesenta existían
precedentes como la mexicano-polaca Elena Poniatowski, la salvadoreña Claribel Alegría,
la portorriqueña Rosario Ferré o la cubana Dulce María Loynaz, pero no es sino hasta la
llegada de la chilena Isabel Allende con su novela La casa de los espíritus (1982),
cuando comienza el despegue de las escritoras. La literatura, hasta entonces un coto
vedado para las mujeres, deja de ser un monopolio de los hombres. Recordemos que el boom
es ante todo un hecho masculino: Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas
Llosa, Carlos Fuentes, José Donoso, Guillermo Cabrera Infante. Y antes del boom los
antecesores son todos hombres: Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges, Miguel Angel
Asturias, Alejo Carpentier, José María Arguedas, Juan Rulfo. Sin embargo, a partir de
Isabel Allende hasta nuestros días, surgen una serie de escritoras que son publicadas a
lo largo y ancho de la América Latina. En México Ángeles Mastretta, Laura Esquivel,
Carmen Boullosa; en Puerto Rico Mayra Santos-Febré, Mayra Montero; en Cuba Zoé Váldez;
en Nicaragua Gioconda Belli; en Chile Marcela Serrano; en Argentina Sylvia Iparraguirre. A
estas escritoras que gozan de una reputación internacional también hay que agregar otras
hasta el momento menos conocidas pero con una obra que no desmerece. Tal es el caso de la
argentina Esther Andradi, de la salvadoreña Jacinta Escudos, de la costarricense Ana
Istarú, de la portorriqueña Ana Lydia Vega o de las mexicanas Silvia Molina y Martha
Cerda, ésta última, autora de Toda una vida (1998) y La señora Rodríguez y otros
mundos (1999).
La presencia de las mujeres latinoamericanas en la literatura contemporánea es producto
de los tiempos modernos. Un importante rol jugó la revolución sexual del 68
que redistribuyó papeles y destruyó mitos, pasando por la invención de la
píldora y la participación activa en el mercado laboral de la mujer. Esto le dio a
las mujeres una independencia económica y espíritual. Por otro lado son también
significativos los derechos de la mujer conquistados a fuerza de luchas en el siglo
pasado, como el del sufragio o el de poder ejercer profesiones masculinas como
médico, ingeniero, astronauta, mecánico o albañil. En América Latina, un continente
donde entre otras cosas debido a la dependencia económica de la mujer, se vive aún en un
machismo secular, la liberación de la mujer se expresó sobre todo en las ciudades y más
concretamente en las clases medias e intelectuales. Y ahí es donde se dio el mejor caldo
de cultivo para que surgiera una genuina pléyade de escritoras. Pero no todo lo que
brilla es oro. A nivel latinoamericano cualitativamente el punto culminante lo constituye
la mexicana Angeles Mastreta, quien ha sido la primera mujer en ganar el más prestigioso
premio literario, el Rómulo Gallegos, con su novela Mal de amores (1995). Su
obra de más calidad es Arráncame la vida (1985), que con Puerto libre (1994) constituyen
sus libros más importantes.
A nivel cuantitativo es Isabel Allende, con su increíble aparato de ventas y promoción,
quien más destaca. Es una de las escritoras más prolíficas y que más vende, no sólo
en el mercado hispanoamericano, sino también en Alemania, Francia, Japón y otros
países. Aparte de la novela que le dio celebridad, La casa de los espíritus, donde se
siente una fuerte presencia del realismo mágico garcíamarqueziano. Allende
ha publicado otras obras como De amor y de sombra (1984), Eva Luna (1987), El plan
infinito (1991), Paula (1991), Afrodita (1998) o La hija de la fortuna (1999). Excelente
escritora, su literatura sin embargo linda con el best seller, lo cual le resta méritos y
calidad.
La mexicana Laura Esquivel con su novela Como agua para el chocolate (1989) constituyó
toda una sensación, también gracias a la película del mismo nombre. Esta novela, junto
con Arráncame la vida de Angeles Mastreta, bien pueden considerarse lo mejor que ha
producido hasta el momento el boom femenino. Sin embargo, la segunda novela de Esquivel La
ley de la selva, resultó un aparatoso fracaso a nivel literario y comercial. Ella misma
se autocriticó al declarar que la novela la había escrito por encargo, presionada por la
voracidad de los editores, quienes querían aprovechar la coyuntura del éxito de su
primera novela.
Gioconda Belli, la poetisa nicaragüense que fue la musa de los movimientos de solidaridad
en Europa y EE.UU., es una autora cuya fama y promoción se la debe más a la propaganda
política que a su calidad literaria. Su novela más conocida La mujer habitada (1988)
adolece de una serie de defectos en la estructura literaria como en el relato en sí. No
logra convencer, ni con ésta ni con las siguientes novelas publicadas: Sofía de los
presagios (1990) y Waslala (1996).
No podría decirse lo mismo de la argentina Esther Andradi, quien con dos brillantes
libros Come, este es mi cuerpo (1991, 1997) y Tanta vida (1998) nos deja con la sensación
de haber leído alta literatura. Hay rigurosidad en su escritura. Leerla es más que un
placer, una delicia. Su economía expresiva es sorprendente, recuerda a Juan Rulfo o al
Maccullers de El cartero llama dos veces. Los libros de Andradi son verdaderas joyas de la
expresión, con una calidad estética que da cuenta de la disciplina y el arduo trabajo
que se esconde tras las líneas de sus libros que se leen de un tirón. Quizás le falta
un poco de valor para decidirse a escribir un verdadero novelón de unas 500 páginas, que
estamos seguros sería genial. Quizás es su estilo la brevedad del relato. De todas
formas, gracias a libros como Come, este es mi cuerpo podemos tener un referente
cualitativo y separar la paja del heno, la buena literatura de la basura.
Otra escritora promovida a bombo y platillo es la chilena Marcela Serrano. Sus obras
anteriores Nosotras, que nos queremos tanto (1991), Para que no me olvides (1993) o El
albergue de las mujeres tristes (1997) sirven de contexto y de marketig para el
lanzamiento de su última novela Nuestra señora de la soledad (1999). Marcela Serrano
vende muchísimo, en parte gracias a que tiene todo un aparato editorial y comercial a sus
espaldas. Sin embargo su literatura, en concreto Nuestra Señora de la Soledad no responde
a las espectativas que la propaganda despierta. Después de leerla queda la sensación que
nos han dado gato por liebre. Una novela que no logra resolver sus problemas de género,
que desarrolla un argumento banal y nada original que casi puede leerse como un ensayo.
Pretende escribir un thriller sin lograrlo, por mucho que mencione en sus
páginas que ha leído muy bien a Raymond Chandler. El argumento, una escritora de novelas
policiacas que desaparece y un marido desesperado que encarga su búsqueda a una abogada
chilena experta en exilios, recuerda la misma trama en la vida real que acaeció a Agatha
Christie, quien en su lejana juventud, al igual que la escritora-personaje de Nuestra
Señora de la Soledad, también desapareció sin dejar rastro. Incluso hay una película
sobre esta faceta biográfica de Agatha Christie. El argumento no se sostiene y el final,
así como la trama misma, parece demasiado forzado.
En contraposición, una novela con un tema tan árido, como es el del relato histórico y
la biografia novelada, ha logrado constituirse en una verdadera revelación a nivel
artístico. Me refiero a La tierra del fuego (1998), de la argentina Sylvia Iparraguirre.
El argumento es histórico, un indio de la tierra del fuego que en el siglo XIX es llevado
a Inglaterra donde es educado, civilizado y luego regresado a su
tribu. El buen salvaje, que termina viéndose implicado en el asesinato de
unos pastores evangélicos británicos en la tierra del fuego, motivo por el cual es
condenado por un tribunal inglés, nos da la pauta de la complejidad del ser humano, y de
la profundidad de las raíces ancestrales. Ante la disyuntiva de ser un colaboracionista
de los colonialistas británicos o un caníbal asesino con su tribu, el indio se decide
por el llamado de la selva. Excelente novela, que entre otras trata la crucial temática
civilización o barbarie del siglo XIX. Su manejo del lenguaje y su calidad
expresiva la ubican entre lo mejor de la literatura latinoamericana en general, de hombres
y mujeres, escrita en los últimos años. Merecidamente, esta obra fue elegida la novela
del año durante la feria del Libro de Buenos Aires en 1999.
III. Voces del silencio
Si bien es cierto que una serie de escritoras
latinoamericanas han conquistado con mucha justicia el mercado internacional del libro,
también es cierto que hay voces femeninas, de gran calidad y acierto en su producto
cultural, que no logran romper el cerco de la soledad y el aislamiento. Todo se debe a la
balcanización de la literatura en Latinoamérica, a que el libro es caro, se ha vuelto un
objeto de lujo, a que paradójicamente, en esta era del internet y la aldea global,
estamos más incomunicados que nunca. La escritora mexicana Silvia Molina desarrolla una
interesante historia de familia en El amor que me juraste, excelente novela que no ha
tenido la atención que se merece. (Es interesante señalar la gran cantidad de letras de
canciones que están dando motivo para títulos de novelas: Arráncame la vida, El amor
que me juraste, Sólo cenizas quedarán, No habrá más penas ni olvido, Adiós muchachos,
Te di la vida entera, etc.)
La salvadoreña Jacinta Escudos ha producido excelentes libros sin tener la repercusión
internacional que se merece. Su primera noveleta Apuntes de una historia de amor que no
fue (1987) está bien lograda, adecuadamente construida y es creíble. Además, es de una
lectura amena y rápida. Su libro de relatos Cuentos sucios (1997) se ubica en esta misma
línea. Jacinta Escudos, residente en Nicaragua, es además una excelente poeta y publica
sus poemas con el seudónimo de Rocío América.
El caso de Esther Andradi, autora también de Ser mujer en el Perú y del libro de cuentos
Chau Pinela (1988) es verdaderamente extraordinario. Su libro Come, este es mi cuerpo
(1991), reúne en 30 textos culinarios y sensuales, la historia de la humanidad y, si se
quiere, la de la cultura occidental. Esta misma temática, recetas de cocina y amor,
también fue genialmente desarrollada por Laura Esquivel en Como agua para el chocolate y
en Afrodita de Isabel Allende. Sin embargo, Esther Andradi publicó su libro antes que
estas dos obras de cocina literaria. En este sentido, le tocó la mala suerte de la
precursora, sentó las bases, descubrió una mina temática, pero la gloria y la fama se
la comieron otras. ¿Por qué una obra de tal calidad es menospreciada por el mundo
editorial y en cambio Afrodita, es promocionada a bombo y platillo? ¿Estrategias,
contactos, suerte, saber moverse, saber venderse, saber empaquetar bien el producto? Hay
una serie de considerandos en esta sociedad de consumo que pueden hacer que una obra
ordinaria sea promocionada
como genial, las leyes del mercado son las de la selva.
Partiendo de la literatura como filosofía de la vida, las recetas de cocina que Andradi
nos enseña en su obra recuerdan la sencillez, sabiduría y brevedad de la poesía
china.Textos concisos que son verdaderos poemas en el sentido alemán y riguroso del
término, Dichtung, de condensación, brevedad, rigurosidad. Como colofón a
esta pequeña excursión por el mundo de las letras femeninas latinoamericanas transcribo
el texto de Esther Andradi, sacado de su recetario mágico, Cebollas: Somos como la
cebolla. Apenas se abren, comienza el llanto. Superfluo, cierto, porque basta un chorro de
agua fría para que todo se supere. Y después, sólo después, es posible separar hoja
por hoja, sin presiones ni sugestiones hasta llegar al fondo mismo del misterio, sin
perder la visibilidad entre la niebla de las lágrimas. |