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Teresa Ruiz Rosas:
¿Por qué ponerle etiquetas a la literatura?
por Walter Lingán

La escritora Teresa Ruiz Rosas, procedente de una estirpe de artistas peruanos, inicia su periplo vital y literario en Arequipa, lo continúa en Budapest, BarcelonaTeresa Ruiz Rosas, Friburgo de Brisgovia, para finalmente afincarse en la ciudad de Colonia. De una sencillez alarmante, casi silenciosa, nos habla de su vocación por las letras y su solitario peregrinar en el mundo de la literatura, de su primer poema, de su libro de cuentos El desván (89), de su laureada novela El copista (94) y del último premio que se le concedió el año pasado en París.

¿Cómo se despertó tu vocación por el oficio de escribir?
Empecé a escribir desde niña, en el colegio, cuando había que hacer una composición de tema libre. Fue muy importante el hecho de haber tenido una librería a la mano. Mis padres eran dueños de Trilce, una estupenda librería para la época, en donde siempre tuve acceso a todo tipo de libros. Allí me aficioné irremediablemente a la lectura. Cada vez que leía una novela me imaginaba que escribirla sería, como experiencia, algo sensacional, y supongo que ahí se fue gestando mi vocación. Después tuve períodos largos donde le di las espaldas a ese llamado escondido hasta que finalmente decidí escribir y publicar...

¿Qué edad tenías?
Primero presenté unos poemas a un concurso organizado por la Asociación Nacional de Escritores y Artistas, en Arequipa, cuando tenía 17 años. Al ganar ese premio supe que era capaz de escribir algo que interesase a alguien más. Los poemas se publicaron en algunas revistas, pero dejé pasar mucho tiempo y fue recién en el 89 en que publiqué mi libro de cuentos.

¿Dejaste la poesía?
Me di cuenta de que la poesía que hacía era algo muy intimista, casi privado, además la competencia en la casa era muy fuerte pues estaba mi padre, mi hermano y medirme necesariamente con ellos me demostró que en realidad no era ése el género en que mayores posibilidades expresivas tenía. La poesía que cultivaba respondía a un estado de ánimo determinado pero no a un oficio, en cambio la narrativa sí. El desván es la primera colección de cuentos que constituían un libro, eran, como lo indica el título, las historias que no quería tirar y que tampoco quería tener siempre ahí arrinconadas, en el desván...

Los escritores jóvenes se quejan de las dificultades para publicar. ¿Cómo fue en tu caso?
Mi experiencia fue positiva porque en ese momento dirigía el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología del Perú (CONCYTEC) un ingeniero muy dinámico, Carlos del Río, que incluyó entre sus funciones la de apoyar todos los proyectos editoriales que se les presentaba, prácticamente sin excepción y sin mayor criterio de selección, política que fue muy bienvenida y también muy criticada. Cuando tuve ocasión de hablar con él me explicó, que desde el punto de vista burocrático ese apoyo costaba lo mismo que pagar a un comité de selección, cuyos criterios siempre pueden ser discutibles, él prefería que la selección la hiciera el público lector y le bastaba con que el 10 % de lo publicado fuese de primera categoría. Gracias a esa política se dieron a conocer obras extraordinarias como, por citar sólo un ejemplo, el trabajo de la historiadora María Rostorowski. Así que cuando mi colección de cuentos salió premiada por la Fundación Alfonso Bouroncle Carreón, presenté el proyecto de publicación al CONCYTEC y, sin exagerar, en quince días lo aprobaron. Poco después vine a Alemania...

¿Qué relación tienes con las editoriales, con los editores, hasta qué punto consideras importante o decisivo su papel para el éxito o fracaso de un libro?
Se podría decir que hay dos líneas, una es el convencimiento de un autor de que su obra está madura, que está lista. En alemán hay ese término tan bonito: druckreif, maduro para la imprenta, y, entonces, que salga el libro es una especie de derecho, pues la obra ha legitimado su carácter de convertirse en objeto público, da igual bajo qué sello con tal de que salga; pero también está esa otra línea: tener preferencia por alguna editorial o la editorial de sus sueños, en la cual uno quisiera que sean publicadas todas sus obras y orientarse para que eso suceda, para que puedan publicarse ahí. Ahora, el éxito de una obra es algo muy arbitrario, tiene también mucho que ver con las campañas de distribución y de publicidad y varios factores más. Una editorial de prestigio avala la calidad de la obra, pero no puede garantizar un éxito de ventas, eso seguro que no.

¿Y qué papel tuvo la crítica en el momento en que apareció tu libro de cuentos? ¿Qué reacción esperabas? ¿Y cómo fue luego con la aparición de tu novela?
No se puede comparar mucho, porque cuando salieron mis cuentos, como te decía, vine a Alemania. El libro lo saqué bajo el sello editorial La Campana Catalina como un homenaje a ediciones modestas de autores nóveles que sacaba mi padre a mimeógrafo en la mencionada librería Trilce, tampoco había una empresa que se preocupase por la distribución. Aparecieron en dos periódicos y una revista críticas serias y elogiosas a raíz de la presentación del libro: la de Jorge Cornejo Polar, Mariella Sala y Mito Tumi. José Adolph y el desaparecido Hugo Salazar del Alcázar me entrevistaron por radio. Cuando salió mi novela en Anagrama, hubo muchas críticas y reseñas, y en medios que incluso ni me lo esperaba, desde El País hasta Playboy. El hecho de que Ignacio Echevarría te haga la reseña para Babelia o Joaquín Marco para el ABC de entrada es algo muy halagüeño. En alemán hubo reacciones muy interesantes en el Neue Zürchner Zeitung, Frankfurter Allegemeine Zeitung, Frankfurter Rundschau, Basler Zeitung, por mencionar los más prestigiosos, y también me hicieron largas entrevistas por radio y televisión. Lo más grato de la crítica profesional, de la crítica seria, es que descubres un montón de cosas de las que no habías sido consciente al escribir, y eso es francamente enriquecedor.

¿Te sometes a una forma de disciplina literaria, escribes de manera especial, tienes horarios definidos para la creación?
Soy una persona a veces muy metódica, me encanta elaborarme y seguir un método, pero en el fondo también soy muy arbitraria con mi propia vida. Consecuente con una línea, pero para cualquier ojo convencional, el caos por excelencia. Entonces, a la hora de escribir, los horarios de que pueda disponer dependen también de ese ritmo de vida que llevo, a tal punto que no podrían ni siquiera llamarse horarios. Lo que tengo muy claro es que el poco tiempo libre que me queda después de trabajar para la manutención y atender a mis dos hijos, lo dedico, siempre que la cabeza aún me dé, a escribir y ahí me da igual dónde y en la hora en que me encuentre. Ahora que existen computadoras portátiles puedo escribir en el tren, en un café, en diferentes lugares. Prefiero naturalmente en casa, tranquila, con mis libros cerca, el Rin desde la ventana, la cafetera siempre encendida. Además no tengo la disciplina en el sentido que me preguntas, porque nunca he querido confundir, digamos, el oficio de escribir por vocación con una obligación impuesta. Para mí el proceso de la escritura es un enorme placer y es justamente la sustancia de mi actitud literaria, lo que me obsesiona y me pertenece a la vez. Si yo la convirtiera en un deber para hacer carrera, obligación, es decir, que si no escribo tantas horas diarias está mal y no llegaré a ninguna parte, que el editor se va a molestar (por suerte el sabio editor no se molesta)... Sé que han pasado varios años sin entregar una novela de mi agrado, Pero también soy consciente de que he apostado a fondo por la literatura, es decir, sé que para mí es lo esencial, si circunstancialmente doy prioridad a otras actividades, no quiere decir que rompa con la literatura, ni mucho menos, sé que voy a seguir escribiendo porque es lo que más me gusta y porque creo que tengo una par de cosas que decir. Lo que no tengo es ninguna prisa por ser famosa, me preocupa ser honesta con lo que yo entiendo por literatura. Naturalmente, agradezco a todas las personas que de alguna manera, como el caso de esta entrevista, me ayudan a la promoción que yo no sé hacer sola, eso está claro, pero no estoy pendiente de que eso ocurra porque, te repito, lo verdaderamente literario es ponerse a escribir hasta redondear una obra. La parafernalia que rodea a la salida de un libro es complementaria, como un final de fiesta que incita a prepararse para el próximo festín...

¿Y en este proceso de creación literaria, tu formación profesional desempeña un papel importante o te ha servido para convertirte en escritora o afirmar tu vocación?
Es probable. Lo que más he estudiado son lenguas y la lengua castellana, lingüística y literatura. En especial lingüística, pues me interesó mucho conocer a fondo el lenguaje: la herramienta de la literatura. Más de una vez, con todo el respeto que tengo por la teoría literaria, he tenido la desgracia de toparme con autores de lo que los alemanes llaman con acierto Sekundärliteratur, no muy brillantes ni convincentes, que me han impulsado a retomar la lingüística. Más que a querer descubrir lo que una persona interpreta y hasta divaga sobre una obra, me interesó tratar de conocer los mecanismos internos del lenguaje, sus posibilidades, sus limitaciones. esa curiosidad sí tiene que ver con el ejercicio de la escritura, por eso también practico la traducción literaria, quizás la forma más profunda y exigente de leer una obra. Acaba de salir en Barcelona, en la editorial Destino, Pasos de baile, del autor londinense Nicholas Shakespeare. No ha sido fácil la traducción porque no vivo inmersa en un medio de lengua inglesa.

¿Cuál es el género literario que más valoras? ¿Te sientes mejor escribiendo un cuento, una novela o una poesía?
Como te dije antes, me he resignado a que la poesía sea una forma de desfogar algo, no tiene ni me interesa intentar un nivel literario, por lo tanto decidí no publicar más poesía. A pesar de que muestro algunos poemas a colegas y les gustan, pero no me gustaría hacer eso público. En cambio es la narrativa, es decir, la ficción, en lo que me interesa indagar más y el género, dentro de la ficción, creo que es algo que te va imponiendo la historia misma. Pienso que hay historias que simplemente son cuentos y eso lo descubres al escribirlos, mientras que hay historias que crees que son cuentos pero luego van creciendo solas, van exigiéndote que les des el mundo al que pertenecen. Se dice que la novela es un mundo, pequeño o grande, pero un mundo, y creo que la extensión del relato depende de eso, del tema mismo que requiere un universo propio para existir como ficción.

¿Cuáles son tus autores favoritos? ¿A quiénes relees?
Tanto no releo, pues hay demasiado que leer. Autores que me han impresionado mucho, la verdad es que la lista de autores que me gustan sería como una guía de teléfonos. Madox Ford es un autor que me parece impecable, Alfred Döblin, Marguerite Yourcenar. Entre los latinoamericanos he leído a bastantes y tengo respeto por la mayoría del famoso boom. De Vargas Llosa he leído varias veces Conversación en la Catedral, La casa verde, y de Bryce Echenique: Un mundo para Julius. Borges y Rulfo por breves, digamos, son más fáciles de releer en cualquier momento. Admiro mucho la obra de Sábato. Onetti es un autor insuperable. También releo El Quijote y soy bastante adicta a Dostoievski. Acabo de leer, por ejemplo, a un autor excelente: Joseph Breitbach, no creo que esté traducido al castellano. Joseph Roth también es otro autor que me gusta muchísimo, aquí pongamos un largo etcétera. De los que siento más cerca generacionalmente, Roberto Bolaño me parece notable y también Ignacio Martínez de Pisón.

¿Crees en el compromiso de la literatura? ¿Crees en la novela como documento o espejo de vida?
Sí, naturalmente, creo que la literatura tiene un efecto estremecedor cuando es buena. Se diferencia del panfleto en que su protesta y rebelión no son explícitas sino que están en la historia misma, o entre líneas. Un espejo de vida, si quieres, distorsionado en tanto ficción pero gracias a eso a menudo más cerca de la condición humana, que otros intentos de llegar a abordarla. Los mecanismos para eso son tanto más refinados, quizás, cuanta más experiencia tenga el autor, más talento, o mayor capacidad de invención.

¿Vives de la literatura? ¿Te sientes como una profesional de las letras?
Qué bueno fuera... He vivido algunos meses, digamos, sumando anticipos, premios, lecturas y entrevistas pagadas. Pero la profesionalidad depende de lo que califiquemos como profesional. Me siento una profesional en la medida en que procuro no publicar nada que se asemeje a un texto amateur, pero la literatura no sufraga mis gastos, ahora vivo de la adaptación lingüística de documentales tele